
Debes aprender a apreciar aquellas pequeñas cosas que te da la vida y muchas veces dejamos pasar por alto. -Me decía Elisabeth despreocupadamente.
Mira la puesta de sol, ¿Para ti que significa?. Hubo una pequeña pausa.
Nada, una simple puesta de sol- respondí.
Pues si te paras a pensar esta puesta de sol puede significar muchas cosas... Puede ser un día más para una persona enferma, puede significar un beso para una pareja, una inspiración para un gran pintor, o incluso el primer vuelo de un pequeño pajarito.
Elisabeth era una persona muy sabia, me hacía pensar mucho y eso me gustaba. Vestía siempre unos vaqueros oscuros y una camisa de color más claro que resaltaba sus profundos ojos azules.
Ella era la persona más feliz que conocía, y no porque no tuviera problemas, sino porque esos problemas los afrontaba de la mejor forma posible y siempre lograba encontrarles una solución.
Me encantaba hablar con ella, subirme a lo alto de la montaña y sentadas en un banco comentar nuestras preocupaciones, nuestros logros, nuestros pensamientos...
Casi cada semana ella me daba una lección que me hacía mejor persona y me acercaba más a ella, así nuestras largas conversaciones se hicieron cada vez más frecuentes...
Ella me enseñaba que siempre había dos formas de percibir las cosas y que lo que había que hacer era aprender a mirarlas de las dos maneras y escoger la mejor de ellas, aquella que no hiciera daño a nadie, la que a la larga te gustaría más y más…
Me puso el típico ejemplo del vaso por la mitad: Si te sirvo un vaso por la mitad… ¿Qué dirías que está, medio lleno o medio vacío?. Yo me quedé mirándole a la cara y su inmensa sonrisa me contagió algo de felicidad. Medio llena- respondí.
Al día siguiente me repitió la misma pregunta, pero con la cara más seria que le había visto en mi vida… Sin quererlo respondí, hoy la veo medio vacía…
Ella me dijo que el vaso era el mismo, y que nada había cambiado más que las circunstancias. Si quería ser feliz y hacer felices a los demás debía procurar que esas circunstancias fueran siempre las mejores. Puede que al principio te cueste más, pero trata de ser feliz, de sonreír, de buscarle la parte buena a todo lo que veas y al final sin quererlo tu vaso estará siempre medio lleno- Me respondió al ver mi cara de incomprensión.
Todos los días al acabar el colegio iba a visitarla para estar con ella, pero un día cuando fui a verla ya no estaba. La busqué toda la tarde, fui a su casa, la busqué en nuestra montaña, en el bosque, en el molino…
Rendida llegué a casa. Llorando desconsolada, se lo conté a mi madre y ella trató de tranquilizarme. No sabía donde podía estar, si se fuera me habría avisado. Le tenía que haber pasado algo. No podía haber desaparecido, ella fue quien me acompañó en mis peores momentos y me enseñó a ser quien soy.
Me fui a mi cama y me puse a rezar. Cerré los ojos llenos de lágrimas y la vi. ¡No podía ser! ¡Estaba en mi habitación!. Nerviosa abrí los ojos y encendí la luz, pero ella ya no estaba, se había esfumado.
Traté de dormir, pero me fue imposible, durante toda la noche estuve despertándome y dando vueltas sobre la cama.
A la mañana siguiente me despertaron los primeros rayos de sol y me levanté corriendo para volver en su búsqueda.
Cuando fui a coger la ropa para cambiarme encontré una nota que decía:
Ayer te vi, sé que me viniste a buscar y que yo ya no estaba. No me busques más, no me encontrarás. Yo ya cumplí mi labor contigo, y estoy orgullosa del trabajo que he hecho. Espero que tú seas capaz de seguir tu camino. Nunca olvides mis consejos.
Elisabeth
Pd: Si alguna vez te sientes sola abre tu ventana y mira al cielo, la estrella que más brille te sonreirá y ahí estaré yo, ya que juntas miraremos la misma estrella y veremos nuestros reflejos.
Cogí la nota y la arrugué, me puse a llorar, pero esta vez fue por rabia, ¿Por qué me tuvo que abandonar así, de repente, sin motivos?
Traté de tranquilizarme y en mi corazón sentía un calor extraño, como si mi alma quisiera volar, entonces comprendí que debía perdonarla y buscar una solución, como haría ella en mi lugar.
Aguardé a que se hiciera de noche y abrí mi ventana. Me puse nerviosa porque no veía nada, pero entonces recordé un consejo que me había dado hacía no mucho tiempo…
Salí de casa, dejé de llorar y subí a nuestra montaña…ahí estaba ella sonriendo como siempre.
Esta vez su consejo era “Jamás te des por vencida, con paciencia y serenidad lograrás alcanzar lo que te dicta tu corazón”.
Elisabeth no era la mejor persona del mundo, como todos tenía sus cosas buenas y sus cosas malas, pero el amor que sentía hacia ella me impedía ver sus fallos y convertí estos en virtudes. Muchas veces nos enamoramos de una persona y no somos capaces de ver como es en realidad, como se muestran ante nosotros y eso me pasó a mí con ella.
Una persona normal puede ser para ti la mejor persona del mundo si la tratas con cariño y amor.

