
Me refugio de nuevo en ti, como si de un viejo amigo te trataras...
Comienzo de nuevo uno de esos días en los que todo sentimiento está pasado por un agua teñida de gris. Decido alejar esas preocupaciones (que ayer ahogaban mi garganta) y no pudieron llorar. Me digo a mi misma que si no puedo apagarlas mediante las lágrimas, mi propio pensamiento debe ser quien tome las riendas y las haga desaparecer para calmar el aturdimiento que sufre mi alma.
Me incorporo en la cama, haciendo caso omiso de tu recuerdo y aquella conversación, y sonrío a mi gato que me devuelve el saludo con lametazos exfoliantes. Le acaricio durante un tiempo y decido acompañarle en mi cama 5 minutitos más; minutos que empleo para incumplir mi propósito de no torturarme con malos pensamientos. Mal comienzo.
Suena de nuevo mi despertador. Esta vez he de levantarme o llegaré tarde a clase. Saco concienzudamente mi pierna derecha de mi cálida cama y trato de sacar la izquierda tras ella. Respiro hondo. Me dirijo al cuarto de baño y Black empieza a maullar. Mientras le acaricio le indico que guarde silencio para no despertar a los demás. Ronronea. Sonrío...
En el baño me enciendo la pequeña estufa que suele aumentar cada mañana mi temperatura corporal y me siento tentada a expresar mi extraña emoción reprimida delante de ella. Me contengo y sigo con mi rutina.
Cuando salgo del baño me dirijo a desayunar y siento que mi estomago se resigna a trabajar. Decido no regalarle el placer de descansar por recomendación del médico, pero más que eso para que no puedas volver a decir que no me preocupo por mi salud.
Estoy ansiosa, frustrada y deprimida.
¿Cómo pueden cambiar las cosas siempre con tanta facilidad?
Me castigo con el recuerdo de que no voy a voy a volver a pensar en ello. (En realidad si quiero pensarlo, ¡y tanto que quiero pensarlo! Me gustaría entender el por qué, saber que hay de malo en luchar por ser felices.)
Llaman al telefonillo. Tengo que bajar y aún no me he cepillado los dientes.
Recojo, como siempre, con prisas. Esta vez no me olvido nada, es sólo la sensación de vacío.
Llego a la universidad a las 8 y me alegro de que toque mi clase preferida.
La tonalidad está empezando a cambiar de gris a azulada. Si, un poco fría, pero ya no es gris.
No pienso encender el Internet, ahora es mi hora de aprender y disfrutar con ello, de cambiar de color ese estado anímico.
Acaba la clase que tantas veces me ha recordado a ti... a ti y a mí, pero que me ha permitido sentir que existen problemas mayores, y que tengo la fuerza, la voluntad y el poder de superar todas esas nimiedades.
Tengo una hora libre en la que iré a la biblioteca... más recuerdos inevitables. Vuelvo a sentirme nerviosa, mi corazón se acelera, mi cabeza dirige la mirada al suelo como si fuera interesantísimo y el sermón de mi compañera empieza a difuminarse en el aire antes de tener la posibilidad de entrar siquiera en mi conducto auditivo. Mientras habla, le dirijo estratégicamente a lugares en los que me pueda sentir a salvo de posibles imprevistos. Las nimiedades ya no lo son tanto.
Nos sentamos. Saco el material para el trabajo y me concentro en lo que tenemos que hacer. Mi pierna adquiere síntomas parecidos al Parkinson... La ignoro... hoy no me cae del todo bien.
Desganada me centro en el tema y antes de que me de cuenta ya es la hora de volver a clase.
Nuevas estrategias... vuelta a la conversación con el suelo mientras mi cuerpo baila al compás de los sonoros latidos de mi corazón.
Laboratorio de psicopatología. Me alegro, la pobre paciente lo está pasando peor que yo, si busco soluciones para ella no me dará tiempo de pensar en mí... en nosotros. Las dos horas dan mucho gusto sólo he pensado en ti unas 6 veces. Mi compañera me sonríe... le devuelvo la sonrisa pero no se que me está diciendo. Se ha acabado la clase. La gente se levanta.
Nos dirigimos a la práctica de aula de psicología del lenguage, no sin antes nuestra parada técnica en el cuarto de baño, y mientras la espero me entretengo intentando que mi móvil se conecte de una vez a la red de la universidad. Se conecta. Apareces... Estás mejor. Hoy has dormido un poco más y estás más tranquilo. Me alegro, pero no lo suficiente como para quitarme las gafas grises que oscurecen mi soleado día.
Sale mi compañera del baño y me encuentra sentada ya en mi sitio con el "tembleque" que comúnmente me acompaña cuando estoy simpatizando con mi Android. Se sienta a mi lado y comparto con ella algunos tweets, a ver si su risa me alegra la mañana. A los 20 minutos aparece la profesora por la puerta. Se acabó móvil.
Le hago notar a mi compañera el parecido de esa nueva profesora con el profesor Snape de Harry Potter... que curioso. Se ríe y me siento un poco mejor. Río con ella. La nueva Snape nos mira. Ya no me hace tanta gracia... Me doy cuenta de que la mayoría de la gente no le presta atención. Nadie responde a sus preguntas. Como la mujer se ha equivocado y está dando lo mismo en la práctica de aula que en el laboratorio, respondo yo a todas sus preguntas. Al principio me alegro de aligerar esos silencios tras las preguntas, pero a la cuarta que respondo yo empiezo a sentirme un poco incómoda. Empiezo a mirar la hora. Cada 10 minutos. Cada 5 minutos. Cada 2. ¡Ya es la hora!
Recojo y salgo corriendo. Tengo ganas de llegar a casa, tumbarme en la cama con Black y meditar un poco sobre lo que estoy sintiendo.
Llego a casa y no me quedo sola ni un momento. Puuuf... vaya fastidio. Me siento en el suelo para sentirme, al menos, un poco más distante de los demás, pero no tarda en volverse una queja. Me levanto y lo dejo estar. Ya tendré tiempo de expresarme.
Nos llaman a comer. Me sirvo medio plato de comida y empiezo a deborarlo a toda prisa para volverme a la habitación. Siento que voy acelerada y pienso que no hay nadie que me esté esperando. Recuerdo de nuevo la recomendación del médico de comer despacio e intento relajarme. Él me sonríe. Yo me siento vacía, así que lleno mi boca para no tener que responder.
Me tomo la fruta, meto los platos en el lavavajillas y voy al baño a cepillarme los dientes. ¡Vaya paz! Ojalá pudiera quedarme aquí todo el tiempo. Me encanta que los cuartos de baño tengan pestillo y estufita.
Opino que ya llevo demasiado tiempo cepillandome los dientes y no quisiera levantar sospechas de mis ansias de soledad.
Vuelvo a mi habitación y el está jugando con sus nueva tablet. Sonrío... así podré escribir para desahogarme. Pero... ¿dónde? No quiero que sepas cómo me siento porque me gustaría ayudarte a sentirte mejor contigo mismo. Aunque no creo que pueda tragar mucho tiempo más... Necesito un escape de alguna manera.
¡Aha! Lo encontré... mi viejo amigo...
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